miércoles, 29 de abril de 2020

Querida Flor

En este momento mi casa huele a naranjas, a dulce de naranjas, a gajos azucarados flotando en

almíbar. El olor de los dulces de frutas me lleva a mi infancia. Esos dulces que veía hacer a mi

abuela y a mi mamá, en esas ollas tiznadas por la leña. Los caramelos de azúcar quemada en esos

otoños fríos donde el viento entraba a esa casilla de madera, con techos blandos de chapa de cartón,

que cuando afuera dejaba de llover adentro seguía goteando. Eran tiempos de muchos libros de

cuentos porque tele no había. Juegos de cartas, rondas en la vereda y la canchita de enfrente de casa

que era ideal para jugar al cartero, a la mancha, y hacer el muñeco para la fogata de la noche de San

Juan. Cuando todos colaborábamos con alguna ropa vieja y una vez hasta zapatos le pusimos.

Corríamos alrededor del fuego y nada nos daba miedo. Aquí en el barrio las calles eran de tierra y siempre tenía las zapatillas embarradas. “Estás con tierra hasta la cabeza”, me decía mi vieja y después me mandaba a bañar. Las únicas veces que no la hacía renegar era cuando venía un parque de diversiones, que lo armaban en otro baldío a dos cuadras. Ahí sí que me iba volando a bañar para esa salida que sólo se daba una vez al año. La mejor ropa y las recomendaciones para que no me vuelva a subir a la silla voladora como el año pasado que volví descompuesta. Elegir con quien iba a subir a los botes, porque la última vez había subido con mi hermana y no nos dieron las fuerzas para moverlo ni un poquito. Algunos parques tenían kermese, eso me gustaba porque atraía también la atención de mi mamá que se esforzaba para pegarle con una pelotita a las latas y ganarse un juego de vasos. Así eran siempre los parques que venían al barrio. Pero hubo uno que después de tantos años venía a mis recuerdos como una película, que hasta no hace mucho tiempo pensé si no era parte de mis historias inventadas, como cuando les hice creer a mis dos hermanas menores que eran

extraterrestres. Ése parque traía otro espectáculo, por aquellos días solo se hablaba de ese show, del "Hombre que iban a enterrar vivo". No había otro tema de conversación en el almacén, en el quiosco y con cada vecino que te cruzaras. Ya oscurecía cuando salimos de casa ansiosos con mis hermanos y yo no soltaba la mano de mi mamá, me daba mucha angustia, me daba miedo ese Hombre. Pude ver finalmente el cajón como de chapa con una ventanita de vidrio y creo que tenía unos caños por los que lo iban a alimentar, eso no lo recuerdo bien. Después que lo enterraron nos tuvimos que volver a casa. Al otro día lo iban a desenterrar, rogaba que sea una mentira y después que todos nos fuimos lo sacaran y que el Hombre esté bien. No sé por qué no fuimos al otro día. El parque se fue y mis recuerdos quedaron ahí, medio borrosos, con un poco de angustia pensando en la suerte de ese Hombre enterrado. Y los años pasaron y un día contando historias en la Universidad vos contaste, querida Flor, la historia de tu papá. ¡Qué alegría me dio al escucharte! En un segundo me vinieron esos recuerdos y mi angustia desapareció al saber que ese Hombre es tu padre y lo cuidás con tanto amor. Tu papá trajo al barrio ese show, una vivencia única para esos chicos que con zapatillas con barro no conocían de cines ni de teatros. Cuántos como yo lo recordarán y quizás hasta también piensen si no fue un sueño o una historia que con el tiempo cambia de forma.


Patricia Del Pilar Carrizo

lunes, 27 de abril de 2020

Maní

No sé por donde empezar. Me tuve que tomar un descanso porque mi mano no me ayudaba a escribir bien. Bueno, mi cabeza tampoco hacía esfuerzo. Ya de por sí mi letra no es muy legible, imagínate rápido y sin ganas. Estaba haciendo un trabajo práctico. Lo tengo que entregar mañana. Sé lo que quiero poner, pero no lo quiero escribir. Me gustaría hablarlo. Exponerlo oralmente. Empezar un debate. Pero no se puede. Otro placer que me arrebata la pandemia. Estoy escribiendo esto porque es lo que quiero hacer ahora. Mas tarde no sé. Tal vez por eso no podía escribir sobre el análisis que tengo que entregar. También puede ser que no tenga ordenadas las prioridades en mi cabeza. O que simplemente me hablo a mi mismo y no tomo nota de eso. Otro de mis problemas es que me quedé sin maní. Pensé que comprando 500grs. iba a hacer que me dure más, pero duró menos. No sé que hacer. Salir a comprar maní ahora es una boludez. Tengo miedo así todo que me de un brote o algo por la abstinencia. Yo siempre digo que el maní me levanta la barbilla cuando estoy cabizbajo. Últimamente estoy teniendo esos días. Cada vez son mas recurrentes y lo peor es que me cuesta reponerme. Podría esperar a que se me acaben las lentejas y la soja para poder salir a comprar. De paso, compraría maní. Pero mi amigo Brian me regaló seis paquetes de lentejas. Y para colmo la soja es como el arroz, le tirás agua y se multiplica. Romper la cuarentena por maní es algo que vengo idealizando. Quiero ser responsable, pero también quiero masticar esa legumbre y disfrutar de su sabor salado. Me pregunto si los fumadores tendrán el mismo problema con los cigarrillos. Mirá hasta donde llegué con esa comparación. Estoy desvariando. Tengo una cuerda de la cual tirar en este momento de desesperación. Resulta que tengo el número de una señora que vende maní. Ella tiene una cerealera. Está a pocas cuadras de mi casa, siempre voy a comprar ahí. La señora es muy amable además. Con esto de la cuarentena dejó de abrir el negocio. Pero hoy me dijo que no tenía drama en venderme lo que necesitara. Todo esto sin tener que abrir el local. El nombre de la señora es Santa, y a ella me encomiendo ésta noche


Oscar Miño

jueves, 23 de abril de 2020

Diario de un taller 2

Leo que en la gripe española de 1918 murieron 50.000.000 de personas, y que por ahora por el Covid van 235.000. Me pregunto por el modo en el que nos afecta una carga de información tal que nos toma de tiempo y cuerpo completo. Y por el contrario, pienso en los modos del silencio, de la escucha, la conversación. (...) Antes que informarnos o comunicarnos debíamos hacer algo mejor: recrear tramas experienciales. Debíamos narrar, auto narrarnos. Y desde una grupalidad, una comunidad de narradores.

(...)

La mirada errante fue, sigue siendo eso. Nos continuamos leyendo, escuchando, acompañando. Y comenzaron a leernos. Incluso como un lugar singular. Se encontró allí (por caso, el de una querida referente de la Universidad que nos reunió), se hallaron en esos relatos, claves de lectura de la situación actual, inexistentes en el pseudo objetivismo informativo, e inaprehensibles para formas de medición cuantitativas, para instrumentos de una sociología cientificista, a las que le son ajenas la invención, la inflexión de una voz, la expresión de miedos íntmos, la voz entrecortada, el no poder dormir o hacer cosas sin sentido, el prestar atención a un detalle absurdo, aparentemente absurdo, y que se delata síntoma solo en el transucurir de un relato que nunca supo de intenciones claras, pero sí de una pulsión que encontrará en las escuchas de otros, una forma de completarse.


¿Qué tipo de conocimiento se expresa allí? Un conocimiento (sí) fundamental (por fundamento, principio de las cosas, de las palabras) El que emerge abigarrado en el hábito/costumbre del que escribe, que deviene insumo primario, modo crítico de lectura de la necesidad, deseo de uno/los otros en un momento determinado. Una lectura a contrapelo, menos analítica que experiencial, menos ensayística que narrativa. Lo que propulsa una materialidad, una trama de materiales que ingresen al mundo sin el estigma de paper congresístico doctoral, ni el de entusiasta grupo de cuentos de taller literario. Un saber otro, una experiencia otra. A la que deberemos (en un nosotros expansivo) buscar nombre, o no, vivir (nombrar) solo cuesta vida.

Y noto que estos diarios, son anti diarios. Porque se escapan de un yo, de una experiencia concreta. Aunque tengo muchas notas tomadas, me sale otra cosa, por ahora ésto: gestos de proto análisis y conceptualización de mi propia vivencia pandémica en el marco de mis deberes/pasiones docentes. Y que una cosa lleva y construye a la otra. Donde lo compartimentado y objetivado, lo disciplinar y contabilizable, da lugar a la experiencia vital, donde mi trabajo es vivir más/mejor, pa mi y les otres. Con o sin cuarentena.

SR

domingo, 12 de abril de 2020

Acuartelados

Me siento a preparar la tarea. Tacho de la lista dos de las ciento una consignas que debo realizar. Me paro, abro la ventana, el aire está cálido, pero pesado a la vez; me vuelvo a sentar. Vacilo entre las lecturas que me corresponde hacer. Rebota mi cabeza en estas pequeñas paredes triangulares donde se ubica mi escritorio.

De repente, comienzo a llorar. Me lleno de miedo, pienso en mi padre. Ese viejo simpático y testarudo de 70 años, diabético, insulino requiriente, hipertenso, y como si eso fuera poco, fumador desde hace 50 años. Reúne todas las condiciones para ser factor de riesgo.

Respiro hondo, escucho vibrar mi celular, lo agarro. Un mensaje de whatsapp de “Alancito <3”: -”amor estoy en planta, llegué bien; 35.5°de temperatura hoy”-. Me imagino esa secuencia; salir de casa, con el miedo de transformarte en uno más de los quinientos; llegar a la planta, pasar por los molinetes donde como mínimo pasaron mil personas más; someterte a control de temperatura, entrar a la oficina, hacer tu trabajo, y después de doce horas, repetir lo mismo pero a la inversa. Llegando a casa, con el temor de no solo contagiarte vos, si no contagiar a los tuyos. Y así todos los días, porque si bien tu trabajo está buenísimo; en este momento, trabajar para un multinacional de alimentos, lo transforma en primera necesidad. Y encima no podés estar en cuarentena, porque ya estás cubriendo a dos de tus compañeros, uno asmático, y el otro diabético.

Vuelvo a poner mis ojos en el teléfono, le respondo que “me alegro mucho, que se quede tranquilo, que nuestras hijas perrunas y yo, lo vamos a estar esperando al terminar su guardia, como todos los días, que le agradezco por seguir arriesgándose”.

Al pasar varios minutos, me doy cuenta que no hice nada, que mis libros están ahí, que ni siquiera los abrí; estaba ocupada mirando la nada. Una nada que encontraba familiar hace algunos días.

Intento romper este estado fumando un tabaco, pensando en si ésta situación durará mucho tiempo, sufriendo, anhelando no perder más de lo que perdí estos días; como aquella tía materna con la cual me crié, a la cual no pude visitar en sus últimos momentos de vida por estar en cuarentena preventiva, para cuidar a mi papá; cuarentena que así todo rompí para abrazar a mis primos, la madrugada del viernes, cuando no había nada más que hacer, cuando su enfermedad la terminó de consumir, llevándose no solo un pedacito de mi vida, si no también un pedacito de la historia de mi mamá.

Por un momento me enojo conmigo, me reprocho por llorar; pero cómo no hacerlo Si nadie nos preparó para esto. Está bien tener miedo, está bien estar angustiado; como también está bien estar más fuerte que nunca, más esperanzados de que esto va a pasar, de que solo es una pesadilla que va a pasar.

Apago mi cigarrillo, recorro los metros de mi cuarto hasta el living, donde veo la calvicie de ese viejo de 70 años, me acerco y le digo: -”viejo, te quiero”-, con la voz entrecortada, tratando de que él no la note. Creo que no me escuchó, pero aún así, me mira, llevándose una mano a la frente, y me dice: -”viste, parece que van a cerrar todo, vamos a estar acuartelados”-

-En cuarentena- le respondo, me causan ternura sus términos.

-Sí, eso, parece que no vamos a poder salir para ningún lado- se rasca la frente, a ésta altura no sé si le pica o siente miedo.

Abro la heladera, tomo una botella de agua, cierro la puerta me encamino de nuevo a la habitación. Se acercaban tiempos difíciles, pero ninguno de los dos lo sabía.

Flor Baez


Día diecinueve

Cuarentena que no transcurrí muy encerrada. Me tocó varias veces ser la encargada de salir a comprar, y si bien a veces tuve miedo, también me sirvió para sentir mi vida de antes.

Ocho de la mañana. Ayer me propuse que hoy me levantaría temprano para poder ponerme al día con la universidad. Porque los días transcurren, algunos más pesados que otros. En realidad, me levanté porque otra vez el auto no arrancó. Con mi hijo, ayudamos a empujarlo para que mi marido se pudiera ir a trabajar. Ayer también me había propuesto levantarme temprano, pero el sueño y esa sensación de no querer hacer nada me ganó todo el día. Por eso me levanté tarde y todo el día estuve cansada, con una sensación agobiante. No me duele nada físico, sino algo anímico. Son días duros. Será el encierro, la situación. Ver videos de Ecuador, ésta semana, no me ayudó, quizás sí para razonar que no es joda lo que estamos viviendo. Y sentir que acá somos de algún modo privilegiados. Pero luego, otra vez, las ganas de nada.

Entonces hoy sí me levanté, obligada o no, pero decidí incluso quedarme levantada.

Anoche pedí a Dios por mi marido, que hoy trabaja, ya que abren los bancos. En la tv dijeron que los empleados van a estar protegidos tras el mostrador. ¿Pero él? Trabaja de  seguridad y va a tener que estar en la puerta, decidiendo quién entra y quién no. Cuando salimos a empujar el auto nos dijo, “miré el noticiero, los bancos rebalsan de gente, desde anoche está haciendo fila”. Nosotros seguimos empujando sin decir nada, por suerte arrancó en el primer intento, y lo vimos irse, sacando el brazo por la ventana para saludarnos.

Entramos y le digo a mi hijo que voy a quedarme a estudiar, él me contestó que iba a hacer lo mismo. “Es bueno cambiar algo de la rutina que venimos llevando”, le dije y sonreímos.

Mientras él hace el desayuno prendo la tv. Me mira y dice: “Ma, no íbamos  a estudiar?”. “Sí hijo, pero es solo para ver lo que comentó papá”.

En los noticieros se ven largas filas de abuelos en los bancos. Y el miedo me toma.

Ya estamos resignados. Solo sigo pidiendo a Dios que nos proteja y pensé en escribir para poder sacar un poco el miedo, para poder desahogarme, para continuar mi día como lo había planeado, hoy no quiero que mi día sea de inestabilidad.

Tengo que estar fuerte para cuando mi marido vuelva. Hoy en día él es el héroe de la familia, salir a la calle es arriesgado, pero él lo hace por nosotros. Como siempre.

Fernanda Maldonado



domingo, 29 de marzo de 2020

El paseo de Laika

Nunca confirmé si se podía hacer esto. Ojalá sí, porque es como escaparse un rato. Igual tuve varios días para averiguar. La cuarentena obligatoria había comenzando el viernes y estamos a martes. Se complica bastante parar la rutina. Obviamente las causas lo ameritan, pero extraño quedarme sólo en la mañana. No me molesta mi familia. Bueno, un poco sí, pero no en el sentido de que los odio. Simplemente hay mucho ruido. Tampoco puedo pedirles que se queden callados hasta las 8 pm.

En ese horario saco a pasear a mi perra Laika. Lo hago entre las 8  y las 9. Aprovecho que los dos forjamos esta pequeña rutina juntos. Hay que ser sinceros, a veces ella me saca a pasear a mí. Disfruto del tiempo que salimos, aunque ahora lo valoro más. No somos de caminar muchas cuadras. Nos quedamos cerca de mi casa, hay muchos perros y Laika no es miedosa.

Esa noche salimos un poco más tarde de lo que hubiera querido. Hacía mucho calor. Se escuchaban grillos y cigarras. El sol se estaba durmiendo y Laika lo sabía. Me fue a buscar a mi pieza, me miró con una cara que decía “apurate”.

Apenas abro el portón, Laika sale disparando como una cañita voladora. Yo igual. Por suerte vivimos justo donde corta la calle. Donde empieza el muro de un barrio privado. Con Laika caminamos hasta la esquina. Yo me entretengo viendo como ella se revuelca en el pasto. Me gusta como combina ése color con su pelaje blanco y manchas marrones. Miro a ambos lados, para ver si viene alguien. El pasto está mojado. Hay un rico aroma en el aire, podría jurar que va a llover.

Laika tira de la cuerda, me lleva hasta la esquina de enfrente. Cruzamos la calle y en el reflejo involuntario de mirar para ambos lados, veo una sombra en la esquina de la derecha. Nada paranormal, era un chico caminando. Para y se recuesta serenamente en el portón de una casa. Parece estar esperando a alguien. Entre la falta de luz que había, se podía distinguir igualmente su musculosa color verde.

En eso escucho a alguien correr. Viene hacia mí. Agarro la correa de Laika porque sé que le va a saltar encima. El chico que venía corriendo, al dar vuelta la esquina se asusta por Laika que ya había empezado a ladrar. Los perros del barrio la siguieron a coro. El chico se alejó caminando. Por un momento pensé que estaba corriendo de paranoico. Y que la paranoia ya lo había agarrado. El otro sigue ahí.

Seguimos paseando con Laika. Cruzamos a la vereda de enfrente de mi casa. El pasto estaba más largo, húmedo. El negocio que estaba en la cuadra hace días que no abría. Aún así, dejaba la luz del frente prendida. Me acuerdo que una vez le pregunté por qué no apagaba esa luz de día. La señora del negocio me contestó “si la apago, no se vuelve a prender”. De repente Laika empieza a olfatear algo. Yo igual. Huele a podrido. Ni siquiera se molestaron en ponerlo dentro de una bolsa. Parece ser pollo. Diría que sí, que es pollo, la señora tenía una pollería.

El silencio que nos rodeaba quedó opacado de repente por sirenas. Me cuesta distinguir si son de policía o de ambulancia. Voy con Laika hacia la esquina y miro para la derecha. No había nadie en la calle. Había ruido. A una cuadra, se encuentra la avenida. Veo pasar un auto lento pero este acelera de golpe. Miro a Laika y me vuelvo a preguntar si esto está permitido durante la cuarentena. Estoy cerca de mi casa ¿qué me pueden decir? Miro de nuevo hacia el frente y el chico con musculosa verde aún seguía ahí. Esperando.

Laika tira de la correa, me sacude un poco. Me espabilo y le digo que es hora de volver a casa. Como siempre, se retoba y se tira en el suelo. Quiere quedarse afuera. Siendo sincero, yo también. En pocos días ya será una semana de cuarentena. Siete días sin ver a nadie más que a mi familia. Me preocupa por cuánto tiempo tendremos que estar así. Por suerte tendré los paseos con Laika.

Tengo que entrar a casa, pero el cielo se ve tan lindo desde afuera. La noche me abraza. Es hermoso estar debajo de este azul. Pero sé que no todos podemos disfrutarlo. A Laika se le pasa el berrinche y se levanta. Nos acercamos a mi casa. Estamos por entrar, el aroma a pasto mojado ya no se siente. Éste es reemplazado por el olor a pintura fresca, mi papá estuvo pintando el portón. Cada uno se entretiene como puede.

Oscar Miño


Paranoia

Me desperté pensando que tenía que salir a comprar. Salí a las 9 en punto. Eran solo 4 cuadras que tenía que hacer, pero el pánico ya me invadía. Una vez en la calle miré a todos lados para ver quién venía. Me dirijo a las esquina. Llego y el semáforo en verde. Espero. No se acerca nadie. Cambia a rojo y cruzo. Sigo caminando, llego a la avenida y doblo a la izquierda. Muy poca gente. Una persona en la parada de colectivo estornuda. Lo  miro con odio, y por dentro le tiro una puteada. Sigo caminando. Siempre alejado de la gente. Llego a la esquina y cruzo la calle. No viene ningún auto. Cruzo la avenida y me dirijo a la farmacia. Me paró en la puerta. Veo un cartel que dice mantener distancia de un metro. Me quedo en la puerta hasta que sale la única persona. Entro y a un metro de distancia del mostrador pido los medicamentos.  Me voy para la caja. Pago, agarro la bolsa y me voy. Salgo de la farmacia. Cruzo a dos personas , las esquivo para que ni siquiera me rocen. Cruzo la calle y voy al supermercado. Entro, agarro el chango y voy tomando lo que tenía anotado en la lista. Por suerte está vacío. No hay gente. Termino la lista y me dirijo a la caja. Pago. Pongo todo dentro de las bolsas y me voy. Respiro hondo, y me dirijo a la verdulería. Cruzo la calle nuevamente, miro para todos lados. Veo a un gendarme, y una cola de gente esperando el 440. Veo a Manuelita. Doy la vuelta por detrás del colectivo, no me quiero acercar a la gente. Llego a la verdulería y entro. Se acerca una chica y hago dos pasos para atrás. Me preguntan qué vas a llevar. Le digo 2 kilos de papa, uno de zapallito, 1 de zanahoria, 1 de cebolla y una docena de huevos. Me prepara las bolsas, le pago y me voy. Al lado estaba la quesería. Me acordé. Tengo que comprar un kilo de queso. Quiero entrar y un cartel decís máximo 2 personas. Había una, pero igual me quedé afuera. Salió y entré. Hice el pedido, pagué y me fui. Fueron cuatro cuadras interminables hasta llegar a mi casa. Abrí el portón, entré, dejé las bolsas en la puerta, me saqué toda la ropa,  entré y me metí al baño. Me bañé y me puse ropa limpia. Salí del baño, agarré un balde con agua y lavandina y lavé con un trapo cada cosa que traje de la calle.  Una vez limpio lo metí adentro. Agarré la ropa y la puse a lavar. Me fui al baño, me lavé las manos. Primero con lavandina y luego con jabón. Salí del baño y ya podía respirar: estaba limpio.

Darío Triscali

Diario de un taller 4

Algo mutó, algo cambió. Pudimos salvar cierto momento de angustia narrando los alrededores, pero algo se enquistó, algo se nos metió. Podría...