domingo, 29 de marzo de 2020

El paseo de Laika

Nunca confirmé si se podía hacer esto. Ojalá sí, porque es como escaparse un rato. Igual tuve varios días para averiguar. La cuarentena obligatoria había comenzando el viernes y estamos a martes. Se complica bastante parar la rutina. Obviamente las causas lo ameritan, pero extraño quedarme sólo en la mañana. No me molesta mi familia. Bueno, un poco sí, pero no en el sentido de que los odio. Simplemente hay mucho ruido. Tampoco puedo pedirles que se queden callados hasta las 8 pm.

En ese horario saco a pasear a mi perra Laika. Lo hago entre las 8  y las 9. Aprovecho que los dos forjamos esta pequeña rutina juntos. Hay que ser sinceros, a veces ella me saca a pasear a mí. Disfruto del tiempo que salimos, aunque ahora lo valoro más. No somos de caminar muchas cuadras. Nos quedamos cerca de mi casa, hay muchos perros y Laika no es miedosa.

Esa noche salimos un poco más tarde de lo que hubiera querido. Hacía mucho calor. Se escuchaban grillos y cigarras. El sol se estaba durmiendo y Laika lo sabía. Me fue a buscar a mi pieza, me miró con una cara que decía “apurate”.

Apenas abro el portón, Laika sale disparando como una cañita voladora. Yo igual. Por suerte vivimos justo donde corta la calle. Donde empieza el muro de un barrio privado. Con Laika caminamos hasta la esquina. Yo me entretengo viendo como ella se revuelca en el pasto. Me gusta como combina ése color con su pelaje blanco y manchas marrones. Miro a ambos lados, para ver si viene alguien. El pasto está mojado. Hay un rico aroma en el aire, podría jurar que va a llover.

Laika tira de la cuerda, me lleva hasta la esquina de enfrente. Cruzamos la calle y en el reflejo involuntario de mirar para ambos lados, veo una sombra en la esquina de la derecha. Nada paranormal, era un chico caminando. Para y se recuesta serenamente en el portón de una casa. Parece estar esperando a alguien. Entre la falta de luz que había, se podía distinguir igualmente su musculosa color verde.

En eso escucho a alguien correr. Viene hacia mí. Agarro la correa de Laika porque sé que le va a saltar encima. El chico que venía corriendo, al dar vuelta la esquina se asusta por Laika que ya había empezado a ladrar. Los perros del barrio la siguieron a coro. El chico se alejó caminando. Por un momento pensé que estaba corriendo de paranoico. Y que la paranoia ya lo había agarrado. El otro sigue ahí.

Seguimos paseando con Laika. Cruzamos a la vereda de enfrente de mi casa. El pasto estaba más largo, húmedo. El negocio que estaba en la cuadra hace días que no abría. Aún así, dejaba la luz del frente prendida. Me acuerdo que una vez le pregunté por qué no apagaba esa luz de día. La señora del negocio me contestó “si la apago, no se vuelve a prender”. De repente Laika empieza a olfatear algo. Yo igual. Huele a podrido. Ni siquiera se molestaron en ponerlo dentro de una bolsa. Parece ser pollo. Diría que sí, que es pollo, la señora tenía una pollería.

El silencio que nos rodeaba quedó opacado de repente por sirenas. Me cuesta distinguir si son de policía o de ambulancia. Voy con Laika hacia la esquina y miro para la derecha. No había nadie en la calle. Había ruido. A una cuadra, se encuentra la avenida. Veo pasar un auto lento pero este acelera de golpe. Miro a Laika y me vuelvo a preguntar si esto está permitido durante la cuarentena. Estoy cerca de mi casa ¿qué me pueden decir? Miro de nuevo hacia el frente y el chico con musculosa verde aún seguía ahí. Esperando.

Laika tira de la correa, me sacude un poco. Me espabilo y le digo que es hora de volver a casa. Como siempre, se retoba y se tira en el suelo. Quiere quedarse afuera. Siendo sincero, yo también. En pocos días ya será una semana de cuarentena. Siete días sin ver a nadie más que a mi familia. Me preocupa por cuánto tiempo tendremos que estar así. Por suerte tendré los paseos con Laika.

Tengo que entrar a casa, pero el cielo se ve tan lindo desde afuera. La noche me abraza. Es hermoso estar debajo de este azul. Pero sé que no todos podemos disfrutarlo. A Laika se le pasa el berrinche y se levanta. Nos acercamos a mi casa. Estamos por entrar, el aroma a pasto mojado ya no se siente. Éste es reemplazado por el olor a pintura fresca, mi papá estuvo pintando el portón. Cada uno se entretiene como puede.

Oscar Miño


Paranoia

Me desperté pensando que tenía que salir a comprar. Salí a las 9 en punto. Eran solo 4 cuadras que tenía que hacer, pero el pánico ya me invadía. Una vez en la calle miré a todos lados para ver quién venía. Me dirijo a las esquina. Llego y el semáforo en verde. Espero. No se acerca nadie. Cambia a rojo y cruzo. Sigo caminando, llego a la avenida y doblo a la izquierda. Muy poca gente. Una persona en la parada de colectivo estornuda. Lo  miro con odio, y por dentro le tiro una puteada. Sigo caminando. Siempre alejado de la gente. Llego a la esquina y cruzo la calle. No viene ningún auto. Cruzo la avenida y me dirijo a la farmacia. Me paró en la puerta. Veo un cartel que dice mantener distancia de un metro. Me quedo en la puerta hasta que sale la única persona. Entro y a un metro de distancia del mostrador pido los medicamentos.  Me voy para la caja. Pago, agarro la bolsa y me voy. Salgo de la farmacia. Cruzo a dos personas , las esquivo para que ni siquiera me rocen. Cruzo la calle y voy al supermercado. Entro, agarro el chango y voy tomando lo que tenía anotado en la lista. Por suerte está vacío. No hay gente. Termino la lista y me dirijo a la caja. Pago. Pongo todo dentro de las bolsas y me voy. Respiro hondo, y me dirijo a la verdulería. Cruzo la calle nuevamente, miro para todos lados. Veo a un gendarme, y una cola de gente esperando el 440. Veo a Manuelita. Doy la vuelta por detrás del colectivo, no me quiero acercar a la gente. Llego a la verdulería y entro. Se acerca una chica y hago dos pasos para atrás. Me preguntan qué vas a llevar. Le digo 2 kilos de papa, uno de zapallito, 1 de zanahoria, 1 de cebolla y una docena de huevos. Me prepara las bolsas, le pago y me voy. Al lado estaba la quesería. Me acordé. Tengo que comprar un kilo de queso. Quiero entrar y un cartel decís máximo 2 personas. Había una, pero igual me quedé afuera. Salió y entré. Hice el pedido, pagué y me fui. Fueron cuatro cuadras interminables hasta llegar a mi casa. Abrí el portón, entré, dejé las bolsas en la puerta, me saqué toda la ropa,  entré y me metí al baño. Me bañé y me puse ropa limpia. Salí del baño, agarré un balde con agua y lavandina y lavé con un trapo cada cosa que traje de la calle.  Una vez limpio lo metí adentro. Agarré la ropa y la puse a lavar. Me fui al baño, me lavé las manos. Primero con lavandina y luego con jabón. Salí del baño y ya podía respirar: estaba limpio.

Darío Triscali

sábado, 28 de marzo de 2020

Diario de un taller - 1

El primer encuentro fue tímido al tiempo que alivianador. Habíamos recuperado el vínculo unos días antes via wasap. No estaba seguro de hacerlo. La carga experiencial había sido tanta que pasar a una tecnología como la asociada al celular parecía una herejía, un volver igualable algo que había sido aurático, irrepetible. Pero nos ganó la necesidad. Y porque la necesidad debe ganar, y porque es el cuerpo, el espíritu los que se expresan a través de y por ella. Y porque nuestro taller tuvo a la experiencia, en tanto vitalidad esencial, fundamento como su eje rector, su núcleo. Cómo no nos íbamos a dejar vencer por lo que nos restituía alguito de aquello, en este nuevo estado, con casi todos los alguitos, perdidos, puestos en cuarentena.

Y al wasap (donde empezamos a compartir textos de otros, propios), le siguió otra necesidad, la de recuperar, reinstalar, reinventar un ritual. El del día y horario de nuestro taller. El del ritual mismo. Y como los rituales tienen historia, hurgamos en la nuestra. Y el zoom nos encontró. Esa otra tecnología estrella en este aislamiento. Wasap y zoom. Y ya nos habíamos relajado. Estar allí “cara a cara”, luego de un mes sin vernos. En el encuadre (de sí) que cada quien elegía. Recuperar (como sea) lo que había sido un espacio vital para todxs, fue un alivio, de a poco se transformó en una fiesta, en una nueva, una otra/misma necesidad.

“Hola, hola. Me escuchan? Hola. Ahí te escucho. Sí ahí te escucho, Como estás?” Nos sonreímos. Como va. Pasándola. Con la barba crecida. Ahí entra Flor. Hola Flor. No se escucha. Te anda el sonido? Tiene que tener el micrófono conectado a la computadora para que se escuche el audio, dice uno. La vemos, nos escucha, pero nosotros no a ella. Ya tuviste clase por zoom? Si, con sala de espera y comunicaciones en privado. De a poco van entrando todos. Nos observamos por primera vez en una pantalla partida. Algunos desayunan, otros entran por celular, algunos están recién bañados, peinados, otrxs no. Esperamos, nos miramos, miramos una camarita, o a una pantalla, en un tiempo extraño que transcurre en silencio. Espera sobre espera. Nos miramos a nosotros mismos, a los otros, juntos, en esa reunión de cuadraditos, de encuadres, imposible. Pero posible: siendo de lo mas afectivo y afectante que hasta ese entonces, una semana de cuarentena, nos parece haber pasado.

Sebastián Russo

Diario de un taller 4

Algo mutó, algo cambió. Pudimos salvar cierto momento de angustia narrando los alrededores, pero algo se enquistó, algo se nos metió. Podría...